El amor de Dios permanece para siempre,
es fiel a sí mismo, a la «palabra dada
por mil generaciones» (Sal 105,8). Es preciso por tanto volver a anunciar,
especialmente a las nuevas generaciones, la belleza cautivadora de ese amor
divino, que precede y acompaña: es el resorte secreto, es la motivación que
nunca falla, ni siquiera en las circunstancias más difíciles.
Queridos hermanos y hermanas, tenemos
que abrir nuestra vida a este amor; cada día Jesucristo nos llama a la
perfección del amor del Padre (cf. Mt 5,48). La grandeza de la vida cristiana
consiste en efecto en amar “como” lo hace Dios; se trata de un amor que se
manifiesta en el don total de sí mismo fiel y fecundo. San Juan de la Cruz,
respondiendo a la priora del monasterio de Segovia, apenada por la dramática
situación de suspensión en la que se encontraba el santo en aquellos años, la
invita a actuar de acuerdo con Dios: «No
piense otra cosa sino que todo lo ordena Dios. Y donde no hay amor, ponga amor,
y sacará amor» (Epistolario, 26).
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