En este terreno oblativo, en la apertura
al amor de Dios y como fruto de este amor, nacen y crecen todas las vocaciones.
Y bebiendo de este manantial mediante la oración, con el trato frecuente con la
Palabra y los Sacramentos, especialmente la Eucaristía, será posible vivir el
amor al prójimo en el que se aprende a descubrir el rostro de Cristo Señor (cf.
Mt 25,31-46). Para expresar el vínculo indisoluble que media entre estos “dos
amores” – el amor a Dios y el amor al
prójimo – que brotan de la misma fuente divina y a ella se orientan, el Papa
san Gregorio Magno se sirve del ejemplo de la planta pequeña: «En
el terreno de nuestro corazón, [Dios] ha plantado primero la raíz del amor a él
y luego se ha desarrollado, como copa, el amor fraterno» (Moralium Libri,
sive expositio in Librum B. Job, Lib. VII, cap. 24, 28; PL 75, 780D).
Estas dos expresiones del único amor
divino han de ser vividas con especial intensidad y pureza de corazón por
quienes se han decidido a emprender un camino de discernimiento vocacional en
el ministerio sacerdotal y la vida consagrada; constituyen su elemento
determinante. En efecto, el amor a Dios, del que los presbíteros y los
religiosos se convierten en imágenes visibles – aunque siempre imperfectas – es
la motivación de la respuesta a la llamada de especial consagración al Señor a
través de la ordenación presbiteral o la profesión de los consejos evangélicos.
La fuerza de la respuesta de san Pedro al divino Maestro: «Tú sabes que te quiero» (Jn 21,15), es el secreto de una
existencia entregada y vivida en plenitud y, por esto, llena de profunda
alegría.
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