La otra expresión concreta del amor,
el amor al prójimo, sobre todo hacia los más necesitados y los que sufren, es
el impulso decisivo que hace del sacerdote y de la persona consagrada alguien
que suscita comunión entre la gente y un sembrador de esperanza. La relación de
los consagrados, especialmente del sacerdote, con la comunidad cristiana es
vital y llega a ser parte fundamental de su horizonte afectivo. A este
respecto, al Santo Cura de Ars le gustaba repetir: «El sacerdote no es sacerdote para sí mismo; lo es para vosotros»
(Le curé d’Ars. Sa pensée – Son cœur, Foi Vivante, 1966, p. 100).
Queridos Hermanos en el episcopado,
queridos presbíteros, diáconos, consagrados y consagradas, catequistas, agentes
de pastoral y todos los que os dedicáis a la educación de las nuevas
generaciones, os exhorto con viva solicitud a prestar atención a todos los que
en las comunidades parroquiales, las asociaciones y los movimientos advierten
la manifestación de los signos de una llamada al sacerdocio o a una especial
consagración. Es importante que se creen en la Iglesia las condiciones
favorables para que puedan aflorar tantos “sí”,
en respuesta generosa a la llamada del amor de Dios.
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